Llevaba tiempo intentando fotografiar la torre de la iglesia de la santísima Trinidad de Alcaraz. Después de obtener el permiso del actual párroco de la iglesia, don Ramón y de abrirnos el acceso a ella, el sacristán Antonio Contreras Fernández (Nono), y acompañado por Paqui Manzanera (Turismo de Alcaraz), gran conocedora de la historia de Alcaraz y su patrimonio, accedimos a ella, a través de una estrecha escalera de caracol, hasta llegar a las campanas. Desde allí se divisa La Plaza Mayor, considerada una de las 20 plazas mayores, más bellas de España. También tenemos vistas increíbles de los restos de su castillo, (lástima que todavía estuviera en obras de rehabilitación la torre (y mira que ya lleva tiempo), así como del resto del pueblo.
La escalera en su parte final y en la sala de campanas, está salpicada por numerosos graffitis, tanto tallados en la piedra como en tintas, algunos bastante antiguos.
Torre de la TrinidadLa torre, situada a los pies del templo, es sobria, austera, sencilla, pero de elegancia majestuosa. Consta de cuatro cuerpos. El primer cuerpo tiene ventanales ciego góticos y el resto es renacentista. En el cuarto cuerpo se levanta el campanario, además posee una bellísima crestería.
También tenemos una vista extraordinaria de la torre del Tardón y «sus detalles».
Esta fue la primera torre que se hizo. Posteriormente Andrés de Vandelvira levantó la Torre del Tardón. Juntas forman un prisma irregular y juntas crean una de las imágenes más bellas de la provincia de Albacete. Las campanas actuales no son las originales. Las originales fueron vendidas a la Catedral de Toledo. Las dos torres están separadas por la calle Entreiglesias.
la torre vista desde la calle Entreiglesias y detalle.
A continuación, añado la descripción que de ella hacía ya en 1929 en su libro “Las Torres de la ciudad de Alcaraz” de Jesús Carrascosa González, maestro y abogado natural de Alcaraz, hay que entender que estamos leyendo un texto de hace 100 años, y nos pueden llamar la atención los giros lingüístico, que, sobre todo en prosa, “los oradores” solían utilizar.
Muy próxima, como decimos, a su hermana la del Tardón, se levanta la torre de que ahora me ocupo, campanario soberbio y complemento precioso de la Iglesia de la Santísima Trinidad, que es a su vez un ejemplar bellísimo del arte ojival de fines del siglo XIII o comienzos del XIV. Según se ve por la adjunta fotografía, la torre de Trinidad, que es a su vez un ejemplar bellísimo del arte ojival de fines del siglo XIII o comienzos del XIV.Según se ve por la adjunta fotografía, la torre de Trinidad (como abreviadamente y salvando siempre los sagrados respetos, la denomina el pueblo) es de un mes sobriedad encantadora; de una suprema dignidad, decorativa, de una solidez desafiado de los siglos, como si más que el mundano efectismo de la belleza y del arte, busca la expresión serena y majestuosa del simbolismo y fortaleza de lo eterno. Sobria, austera, sencilla; pero ¡qué gentil, ¡qué elegante, ¡qué hermosa, esta magnífica y a la vez severa fábrica, del renacimiento español del siglo XVI!
Observada de frente, parece un simple Torreón cuadrado, ornamentado en las alturas; pero examinado geométricamente en su totalidad, es un prisma irregular de cinco caras desde su arranque hasta unos 12 m, y hexagonal irregular también hasta su término.Vista arquitectónicamente. Y aparte la bellísima crestería con que remata, consta de cuatro cuerpos coronados y separados entre sí por una doble cornisa; robusta y saliente, la superior y de tres planos, decreciente, relieve e inferior; cornisa sambas, que encierran un estrecho friso, completamente plano, sin ornamentos y uniforme del conjunto del monumento.
El cuerpo inferior, falto, también en absoluto de todo adorno, molduras, huecos, entre paños y un zócalo y hasta unos 10 m de altura, está descubierto solo por las caras del oeste y su oeste, que corresponden a la calle de entre iglesias, a quien sirven de alineamiento, y ocultan las restantes por el templo, de la santísima Trinidad y la suntuosa capilla del bautismo, magnífica obra cuentista, que dicho sea de paso, fue edificada, expensas de la ciudad, en el año 1597, siendo corregidor don Pedro Suárez del Castillo, según reza la hermosa cartera de piedra colocada sobre el escudo municipal y la bellísima claraboya radiada, que en forma de ojo de buey, da luz al interior de la capilla y exorna, la fachada oeste del Baptisterio.
El cuerpo siguiente, de paramentos lisos, presenta como único ornamento decorativo un ajimez ciego, tallado en bajorrelieve, en cada una de las caras Norte, Oeste y Suroeste: ajimeces partidos en dos graciosos arcos ojivales por un esbelto parteluz que, a pesar del capitel, sube hasta el límite, sirviendo de apoyo, doble juego de arquetes del mismo orden, resultando todo de un gracioso efecto en su conjunto.
Estos dos cuerpos inferiores ofrecen hacia la parte posterior del monumento, una prolongación angular, muy robusta y aguda; y como los cuerpos superiores forman un prisma y una cara más por la sustitución o bisel miento de esa robusta arista, por un plano o chaflán, el artífice, con el fin, únicos, sin duda, de disimular el mal efecto, que produciría el brusco tránsito arquitectónico entre ambas partes de la edificación de un motivo decorativo que pareciese justificar la existencia del plano horizontal de dicha prolongación colocando en el una gran ánfora de piedra, que simula recibir las aguas pluviales que arroja desde el remate de la torre una gárgola cilíndrica de conveniente vuelo para ello; motivo ornamental felicísimo.
El tercer cuerpo, totalmente plano, liso, sin detalle, decorativo alguno, no ofrece más particularidad que la de su misma sencillez; más el último, el que poéticamente podríamos llamar al Alcázar de las lenguas de bronce, que dijo Becquer, el que arcaicamente, pero con mayor sabor de época llamaríamos Campanil, es de una belleza arquitectónica, primorosa por la sociedad y supremo buen gusto de su ornamento.
Como puede verse fotográficamente, lo forman las dobles cornisas que limitan su altura; los pares de columnas renacentistas que con aquellas enmarcan los huecos del Campanario; los antepechos labrados de sus arcos expertos, y la espléndida crestería, precioso encaje que remata la torre. Todo muy sencillo, todo muy austero, construido por líneas, planos, cilindros y aristas, pero ¡qué efecto de serena belleza en el conjunto, qué resultado estético, más gracioso de esas columnas vigorosas que, interrumpiendo las cornisas separadoras de ambos cuerpos de edificación, se prolongan por abajo más acá del basamentos para terminar en decorada repisas que rompen la monótona, uniformidad del tercer cuerpo, y avanza por arriba hasta la bella labor de crecer, la que sirve de artístico, motivos y justificación ornamental!
Esta parte arquitectónica, (abovedado, techo) a la que se accede por una estrechísima escalera en espiral, único vano que existe en esta maciza fábrica de sillería, es el soberbio de Alcázar, desde el cual, azotadas ordinariamente por muchachos, con auxilio de cuerdas, o golpeadas, temerariamente por hombres, lanzan al viento, sus recio sones y clamores de júbilo, cinco grandes campanas, llamadas: la Miramona. La Nueva, la Mediana, La Sermonera y La Chica, todas las cuales, sobre todo en días de repique gordo, atruenan los aires resonando con énfasis catedralicio en muchos kilómetros a la redonda.
Añade en letra pequeña el autor, Jesús Carrascosa González, que todas estas campanas fueron fundidas la Miramona o Campanón se fundió hacia el año 1830, la nueva se fundió hacia el año 1850, la mediana hacia el año 1838, la armonía a la que el pueblo llamaba Simonera ignora el autor cuando fue fundida y la Chica se fundió el año 1892, según reza la cónica, inscripción debajo de la invocación “Jesús, María y José”.
El Revdo. P. Pareja, en su mencionado libro, lo ocuparse de leyenda, intensidad de la santísima ciudad, dice: “la torre de fábrica, tal especial que dan, han mirado todos los maestros de esta facultad; pues estando como está inmediata, la del Relox, que solo la divide una calle estrecha, están Ochava hadas en tal disposición las dos, que, a muy corta distancia, parecen una sola. Esta torre fue obra que a sus expensas costeo un cura de esta parroquia “.
No fue tan sus expensas como el quitado historia afirma, pues de los datos que obtuvo el autor, resulta que hacia el año 1543, habiendo resultados satisfactorio la diligencias interpuestas por el licenciado don Gerónimo Rodríguez, cura Párroco De, iglesia, ante el señor arzobispo de Toledo para la venta de unas casas de la propiedad parroquial, acometió en el siguiente año de 1544, la construcción de este hermoso monumento, cronológicamente el primero de todos los que embellecen la plaza de la Constitución.
¿Quién lo hizo? Lo ignoro. Con harto sentimiento, confieso que las investigaciones realizadas hasta ahora no me han proporcionado la alegría de saber el nombre del meritísimo artífice que lo planeara y ejecutada; pero si tenemos en cuenta su clasicismo renacentista y el gusto vandelviriano que preside el conjunto y el los detalles de su ornamentación, podríamos asegurar que los planos, al menos, fueron hechura del notabilísimo, arquitecto Pedro de Vandelvira, ilustre Alcalá, dueño y rival de Beruete, según afirman Ponz y Ceán Bermúdez, o de cualquiera de sus hijos, Francisco, Andrés o Cristóbal Vandelvira, alcaraceño, aquel, ilustrísimo, arquitectos, todos y educados por sus lustre padre en el cultivo de las bellas artes.
Corre la versión de que, a mediados del siglo XVI, legrándose el cabildo Parroquia la concede al Consejo, el permiso necesario para instalar en la torre que nos ocupa el reloj público en la plaza de abajo, (había otro en la torre de las cigüeñas de la plaza de arriba), el Ayuntamiento decidió la construcción de la torre que nos, ocuparemos en el capítulo siguiente; pero esta versión carece de todo fundamento, y en ninguno de los autores ni documentos registrados, la he visto comprobada. ¿Dónde, y cómo podía instalarse en esta torre del reloj público, cuya maquinaria es muy voluminosa y los contrapesos que para funcionamiento necesitaban espacios y vacíos de que esa edificación se carece?
Más cierto es que la población se estaba desplazando hacia abajo; que la ciudad carecía de finalidades, históricamente, acabada, en los castillos, y en las exigencias de la vida oficial, reclama en edificaciones y actividades en relación con el traslado, y así se ve por la multitud de acuerdos tomados por el Consejo del 1540 en adelante.
La imposibilidad, como decía el cabildo eclesiástico, de que el campanario sirviera para otros toques que los propiamente religiosos y la conveniencia de tener el concepto, su campana y su reloj oficial, fueron la causa del nacimiento de esa otra torre, bellísima, hermana de la que acabamos de describir. ¡bendita, memoria de aquellos ilustres alcaraceños que concibieran y ejecutar, espléndidas obras!
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